In memoriam (León Blas)
Regresé a Madrid sospechando que quizá era la última vez que agarraría tu mano tibia, como quien aferra algo con fuerza para que no escape de su mano. Y tan sólo dos días después se confirmaron mis temores. Y te fuiste para siempre... Pero lo conseguimos, ¿verdad? Tus nietos te preparamos una despedida como te merecías. Hicimos tuya la iglesia, aunque tú nunca fuiste muy partidario de cruces ni de sotanas. Pero te preparamos un adiós digno de tí. Emotivo, alegre, y con un característico sabor familiar, como ese aliento tan acogedor con el que impregnabas todas las reuniones en las que nos acompañabas.
Espero que ahora, ajeno a los achaques de la enfermedad y más allá de las lagunas de la mente, nos recuerdes a todos los que te amamos.
"Me han dicho que por qué no te escribía algo hoy, abuelo. Pero qué puedo decirte en un día como éste, cuando estamos todos aquí, juntos, despidiéndonos de ti para siempre y es difícil que salgan las palabras…
Se me ocurre que, si te parece bien, podríamos recordar algunas cosas juntos. Podemos recordar esas cosas de las que todavía tú te acordabas de vez en cuando en estos días en que te marchabas y volvías. Todas esas cosas que la enfermedad no pudo borrar de tu memoria.
A tus padres, por ejemplo. Cuántas veces nos has contado que fueron los mejores padres del mundo. Que supieron daros, a tu hermana y a ti, tan buen ejemplo, que os enseñaron que en la vida, antes que nada, hay que ser honrado y justo y ayudar a los demás sin pedir nada a cambio. La única vez que tu padre te castigó fue aquella tarde que el maestro le contó que llevabas varios días sin aparecer por la escuela y te encontró en el campo cazando pajarillos. Porque para él y para tu madre tener una cultura era algo primordial. Quisieron que vosotros tuvierais lo que ellos nunca pudieron tener.
Pero era difícil, ¿verdad? Ir a la escuela por las mañanas y pasar horas y horas segando en el campo hasta que caía la tarde y las cosas dejaban de ser lo que eran. El sol no perdona. Siempre has dicho que, a pesar de las dificultades, fuiste un niño feliz. Lástima que la guerra te robara esos últimos años de infancia y te hiciera ser adulto antes de tiempo. Te libraste por los pelos de ir al frente. Con 14 años el fusil pesaba más que tú. Pero la guerra no se te ha olvidado en todos estos años, te ha acompañado siempre. La guerra. Porque la guerra fueron muchas más cosas que batallas y líneas de frente. Se quedó con vuestra casa, y con vuestra cosecha, y con vuestro dinero, y con vuestros animales. Lo que le costó a tu padre abandonar todo lo que teníais y montaros en esa carreta para no volver a Hita nunca más. No podremos olvidar nunca tus ojos vidriosos cuando te acordabas de tu padre despidiéndose de esa mula a la que queríais tanto, la Morena, la llamabais. Curioso que en todo este tiempo no se te olvidara su nombre.
Y luego vinieron los refugios, y las bombas, y el hambre y el trabajar donde se podía... ¡Cuánto trabajaste en la tienda de Freddy aquellos años! ¡Cuánto trabajaste después hasta conseguir montar tu propio negocio y sacarlo adelante! Aquel incendio estuvo a punto de hacer que volvieras a perderlo todo, pero supiste seguir, remontaste y empezaste de nuevo. Esa es la virtud de la gente trabajadora.
Claro que tampoco te faltó tiempo para disfrutar. Para ir a bailar al Piojillo, llevarte a las chicas de calle, tomarte tus vinos, comprar tus cartones en el bingo y jugar unas cuantas partidas. Nunca conseguí ganarte ni al tute ni al dominó, y mira que lo intenté veces. Más sabe el diablo por viejo…, me decías riéndote.
Pero en tu caso, lo de afortunado en el juego y desafortunado en el amor fue una de esas reglas de la vida que no se cumplieron, porque tuviste a tu lado a una mujer maravillosa, que te quiso con todas sus fuerzas y con la que pudiste formar una gran familia. ¿Te acuerdas cómo nos reíamos cuando nos contabas cómo fue la pedida de mano? Ni regalos ni nada. Un poco de vino dulce y unas rosquillas. Y a la boda fuiste con un traje prestado porque no tenías dinero para comprarte uno. Y ese viaje de novios en el tren a Zaragoza… ¡Cuánto te has acordado de la abuela en estos días! Volver atrás en el tiempo no siempre es sencillo. ¡Y cuánto te has acordado de tu tienda! Si hasta venían a verte clientes a la habitación y hacías que los despachabas. ¡Y de aquel puesto de bocadillos que ponías en las ferias en la Concordia!
Cuántos recuerdos… Y cuántos otros que nos guardamos. Pero no tenemos mucho tiempo, abuelo. Y no quiero terminar sin darte las gracias en nombre de todos. Gracias, por haber sido como has sido, hasta en lo incorregible. Gracias por haber sabido aprovechar al máximo cada instante de tu vida. Gracias por habernos enseñado a vivir con intensidad, a buscar nuestro camino, a ser como cada uno queremos ser sin importar lo que los demás digan o piensen.
Ojalá que en lo honrado y en lo justo y en el estar siempre dispuesto a ayudar a los demás algún día lleguemos a ser como tú. Y si no lo conseguimos, no nos lo tengas en cuenta, porque hagamos lo que hagamos, estemos donde estemos y seamos lo que seamos te llevaremos siempre con nosotros."
Texto de: Verónica Sierra Blas
Guadalajara, a 20 de Mayo de 2009.
Funeral de León Blas Delgado, Iglesia de María Auxiliadora.








































